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Wednesday, May 6, 2015

"Don Jon: Porn is Cheaper than Dating"/ El hombre / Un Hombre.

     

     Comencemos por relatar la historia de Jon Martello (Interpretado por Joseph Gordon-Levitt), personaje principal del Film “Don Jon” estrenada a finales de 2013 en estados unidos. Jon, o “Don Jon” (como le llaman sus amigos) es un típico sujeto atrapado en la dialéctica del deseo. Realiza una serie muy meticulosa de rituales en su semana, las cuales son “las que le importan”: Ir al gimnasio (Su cuerpo), su departamento (Su nido), su auto (Su transporte), su familia (Su sostén de goce), su iglesia (el perdón del Otro), sus muchachos (Amigos), sus chicas (sus juguetes), y su porno (El agotamiento de su deseo). Más allá de estar atrapado en la dialéctica del deseo, podemos adelantar en decir que se encuentra atrapado en la mirada estética de lo que supone como “propio para desear”.

     Jon, no es tan típico como parece, de hecho, es un sujeto bastante singular si se revisa su historia con una lectura distante de la moral y más cercana a la ética de un sujeto. Se puede presumir que es enteramente narcisista, pues su mundo a simple vista gira en torno a él: Su cuerpo, departamento, carro, familia, iglesia, muchachos, chicas para ligar y sobre todo su porno; Sin embargo ¿Realmente es un sujeto narcisista? ¿Cuántas cosas realmente hace por sí mismo?  Sabemos que la tarjeta de presentación del neurótico es creérsela. Es creerse que sus actos por ejemplo, son sostenidos por “su único deseo” y que más nadie interviene en eso, además de por supuesto creérsela como “el falo de mamá” o “El todopoderoso de su Deseo”. Desde el vamos nos podemos preguntar entonces ¿Qué sentido tiene todo el ritual de Jon si el otro no está presente haciendo de Otro?

     Por otra parte, y aproximándonos de a poco al tema del deseo, notamos en Jon una cuestión que apuesta por su subjetividad, pues bien sabemos que los significantes engañan, y que lo único que no engaña es la angustia, y esta revela lo subjetivo en tanto se aproxima a una lectura sobre el deseo. Esto en los temas freudianos podemos sostenerlo diciendo que las representaciones engañan y que lo único que no engaña es el afecto, por decirlo de una manera, es decir, los móviles de un sujeto. Ahora bien, ¿Dónde aparece la angustia de Jon? Su angustia muy retóricamente aparece en cualquier parte de sus rituales donde involucra al Otro, a su mirada, al cuerpo del otro, el perdón del Otro, el compartir del otro, o al Otro en la escena sexual ideal, en todo esto es donde podemos comenzar a leer que el sentido del narcisismo de Jon está mientras el Otro a modo de espejo presta su mirada, o presta “aquello” escopico de la pulsión al otro semejante. Sin ello, en Jon no hay deseo, aunque en definitiva, Jon no apuesta por su deseo. Porque es precisamente por el paso de la demanda del Otro, cuando Jon cree que realmente desea algo, y para esto basta con ver la escena del almuerzo en casa de su familia cuando la madre arma un escándalo por no ser abuela, el padre “perversea” con buen semblante de “desafiante y todopoderoso”, y vemos en la TV de la casa familiar, propagandas de lo más cachondas en un almuerzo. Basta comparar esto, con la vida hipersexual (Tapa-agujero) que se presenta como  cumplimiento de demanda en esa “novela familiar”, veamos esa rutina: Jon sale los viernes, liga con alguna chica (En presencia de sus amigos para que le vean hacerlo), para luego consumar un acto sexual a lo “Mete-saca” (Como decía Alexander deLarge en la Naranja Mecánica) que se caracteriza por no sentir ninguna satisfacción o conexión con su compañera, e intenta satisfacer aquello que en el cuerpo no se posibilita a través de la pornografía para así masturbarse. Allí, si relata un placer que trasciende al acto sexual material y lo justifica a plenitud comparando el idealismo pornográfico con el desencuentro de la relación sexual “Normalizada”. Posteriormente a esto, llega el día domingo donde se confiesa incesantemente sobre sus pecados (siempre destaca ver pornografía, masturbarse y tener una sexualidad promiscua) y el padre le propina como “penitencia” unos “10 padres nuestros” en promedio.

     De esta escena particular y tan repetitiva (Como toda cuestión pulsional en su circuito de doble demanda) primeramente nos fijaremos en el tema de la pornografía, distinguiéndola del erotismo, lo cual nos dará apertura al campo del goce y el deseo subjetivo de Jon.


     La pornografía en su sentido etimológico viene a significar “La historia de una prostituta”, significado que va en cierta medida aunado al relato del erotismo. Sin embargo, en la actualidad podemos denotar que la pornografía esta distante de ser un relato de carácter erótico, pues lo erótico implica una forma apasionada de amor, donde se articula la sensualidad, y la sexualidad vehiculizada en la picardía sobre el objeto o sujeto (es decir, como lo previo al deseo, ergo, cuestión que produce o hace llamado al mismo) bien sea en imágenes, palabras o cosas. Esto lo diferenciamos de la significación que materialmente muestra la pornografía en el internet. Lo que vemos en las cadenas pornográficas americanas como: Brazzers, Naughty America u otros. Rebasa el campo del sentido, en tanto podemos colocar el sentido (no en el término analítico) del lado del erotismo, y el sin-sentido del lado de lo pornográfico. Es decir, en lo pornográfico actualmente el campo carnal es intensamente directivo, no hay un juego previo, no hay escena erótica, solo se presentan 2 cuerpos maximizados en el campo imaginario demostrando que el alcance de los ideales es un soporte mortificante del deseo subjetivo, no hay juegos de significantes (sentido subjetivo) del lado erótico que den producción a una suerte de deseo, simplemente hay una suerte de juego carnal directivo que no revelan la producción de un deseo, sino por el contrario una suerte de excitación identificatoria en el cumplimiento del deseo del otro, y esto es bastante distante de un deseo propio (Si es que eso existe). Es decir, en la escena pornográfica lo excitante es sentir que al identificarse con el actor o actriz porno se cumple un deseo del cual no conocemos su origen, y esto no es solo una suerte de discurso amo e histérico. Esto apunta como afirma Slavoj Zizek a una suerte de arte perverso, no porque brinde algo que se desea, sino porque indica que es lo que debe desearse: Quedarse atrapado en el universo imaginario de los tamaños, los gritos salvajes, las figuras estéticamente voluptuosas o cinceladas para encajar en cualquier mirada, entre otros. Y esto a riesgo de la nada, pues nada se apuesta, nada está puesto en juego sobre el sujeto mismo,  no existe riesgo de perder algo en recorrer los laberintos del amor, estamos entonces ante el universo masturbatorio infantil. En este sentido, para Jon, como para muchos neuróticos “El porno es más barato que tener una cita”.


     En este sentido, no es errado hacer la afirmación de que el empuje al goce, comandado por este tipo de discurso de amo que encarna al Otro, es inclusive más represivo que la prohibición al goce, y esto es preciso señalarlo cuando se advierte un cambio en las normas o en otras palabras, cuando vemos que la ley del padre ya no es lo que era antes, y que los aparatos ideológicos haciendo semblante de ello han configurado a diestra y siniestra. Por no presumir de una década específica, hacía varios años un chico o chica tendría cierto temor de hacer alguna enunciación publica de su deseo por alguna censura en el orden social que encarnaba la ley paterna, pero esta  prohibición más allá de extinguir el deseo (como era de esperarse) lo que hacía era relanzarlo, darle un impulso para su cumplimiento. Actualmente el empuje al goce mismo (No dar cuenta de alguna de prohibición) es aún más catastrófico, pues no permite al sujeto la enunciación de un deseo propio siquiera, sino que se ve tentado a cumplir la única oferta de goce disponible por medio de un señuelo imaginario que le hace ilusoriamente suponer esa oferta como el cumplimiento de un deseo que “cree” suyo. Aquí se encuentra la trampa de la pornografía, en tanto como uno de los tantos efectos de los aparatos ideológicos. El sujeto al ver pornografía, cree que satisface alguna suerte de deseo que confunde con la excitación (que esta tampoco está en el orden del erotismo), se identifica como ya se hizo mención con alguno de los personajes, mediante la carga de excitación específica realza su goce masturbatorio y ya no se ve en la apuesta castratoria de poner algo en juego de si, pues el vínculo con lo virtual representa una nueva relación objetal, con un objeto mudo y a su vez representativo de la Otredad. Esto es inclusive más represivo, pues, se suspende el vínculo con el objeto humano y se limita al vínculo virtual con la máquina, reduciendo al sujeto y su deseo a un simple acoso de fantasias. Tal como ocurre cuando hablamos por las plataformas Whatsapp o Pin, o redes sociales como Facebook, Twitter, u otros. La calidad de conversación viene dada por el componente virtual y lo que se resta del imaginario: Porque se ven fotos de la chica o el chico donde hace promoción de su cuerpo, porque sabemos que piensa con leer algún status, se puede “pensar mejor” lo que se va a decir, aunque si se escribe y el otro no responde, hay más opciones, es decir, no hay apuesta de nada. Siempre se gana. ¿Y esta no es precisamente la mayor pérdida?, perdida para lo que realmente vale del hombre: Su subjetividad y su relación al deseo. Como no hay un otro concreto al cual desear, como “el todo psíquico” se reduce a lo virtual, como el todo es objeto y objetos hay muchos, ¡carpe diem!  Esto nada tiene que ver con la egopsychology. Por ahora, pensemos que esto tapona lo real del sujeto que se encuentra del lado de la soledad, donde reposa el ser como sentencia heiddeger, y que este ser, representativo de lo real, de lo innombrable y del deseo, no está sujeto al significante, esto es lo angustiante del ser, no del existir, es indescifrable y si se descifra es con un bordeo del trabajo subjetivo mismo sostenido en el análisis, de lo contrario, sigue existiendo, y como sabemos, la existencia viene dada por el lugar que hace existir al sujeto por las vías del deseo del otro. En este sentido, Jon, como sujeto neurótico “existe”, pero no es-un-ser.

     Jon existe, pues su existencia está marcada por la demanda del Otro, una demanda en el orden de lo ideal (como la pornografía que observa), en el orden sexual (como cuando su madre a modo de queja insiste por una relación estable y conocer una chica, o por cuando le llora demandando que quiere ser abuela), en el orden de su lugar como hombre (cuando el padre le critica como a un niño y este se molesta o cuando sus conquistan tienen valor siempre y cuando sus amigos se enteran) Jon, entonces, existe para el Otro. Lo cual nos lleva a repetir la pregunta del inicio ¿Es realmente Jon un sujeto narcisista? ¿O es un simple esclavo de la demanda del otro? Lo curioso de este personaje es que realmente nunca se interroga por su deseo a lo largo del film, hasta que brevemente lo descubre.

     Existe un ligero Switch en el film. Jon conoce a Bárbara (y forman así la pareja histérico/histérica) tan dispar e imaginaria. Bárbara, a partir de su deseo de cambiar gradualmente a Jon le influencia a dar comienzo en ciertos estudios nocturnos para sugerir tomar otro orden de experticia, a partir de allí conoce a Esther, quien encarna aquella mujer solitaria y a primera vista con actitudes que generan lastima y repudio en Jon (No es de gratis que sean los afectos que conseguía en su madre). Por otro lado, ocurre la escena esperada con Bárbara para saber qué sentido cobra Esther como mujer en Jon: Después de tener relaciones sexuales con Barbara, siente como de costumbre que no hay algo que lo llene más que ver pornografía (Lo “llena” lo imaginario, en el orden de la demanda y se pierde, se “desconecta” en ello). Como era de esperarse y por ser parte de una comedia, Barbara le descubre y arma en base a ello el buen escandalo histérico que revela que su malestar no viene dado por el que el observe pornografía, sino que ante dicho acto, ella se siente como que “no es suficiente” en el deseo de Jon, pero si tan solo ella supiese que no es por su suficiencia, sino por el problema del deseo de Jon, aunque, ella como todo neurótico “sabe” de los problemas del deseo, solo que los ignora.




     A partir de allí, la relación toma un rumbo de picada hasta que ambos dejan de hablarse, se separan, y comienza el otro camino de Jon, cuando brevemente pasa por su duelo o herida narcisista, comienza a aproximarse a un deslizamiento de su lugar sobre si, enfrenta de a momentos a su familia, comienza a tener un muy mal humor que lo refleja en sus amigos, ya no escucha música para gritarla, le molesta el trafico al punto que le quiebra el vidrio de un puñetazo a un vehículo, pues como todo cambio que se observa, es paulatino y se refleja en ello su Insatisfacción, ya no goza igual de su síntoma. Sucede que aquí hay un doble juego, por una parte comienza a ayudar o tomar noción de la existencia de Esther, pero no con el fin de conocerla, sino con el fin repetitivo que como se muestra, va de follarla, se consuma el acto, como buen seductor, pero Esther tiene algo que despierta en Jon algo más que el capricho de la pornografía. A partir de pequeñas conversaciones, Esther logra hacer “conexión” entre Jon y su propio deseo, esto lo vemos cuando Esther está en su vehículo con Jon y le interroga si él se masturba solo cuando ve pornografía (Pregunta que apunta hacia la producción del deseo y no la mera satisfacción) cuando le desafía afirmando que el porno es irreal, o cuando Jon le dice que el “porno le desconecta” y Esther le dice que es un viaje completo el conectarse con el otro, que hay que dar algo de si para ello. Esto lo podemos relacionar con la ocurrencia de la función analítica, el analista interroga al analizante sobre su deseo y de tal manera este va descubriendo y cambiando el goce por el saber, y este es un saber, que paradójicamente no sabe que realmente lo sabía. Luego de esto, Jon la busca de nuevo, pero no para follar, la busca para seguir hablando. Este pasaje que persigue la labor analítica del goce al saber, es lo que se articula en la filosofía de Heidegger como pasar de Existir a Ser, movilizarse del lugar que habita el significante sobre el sujeto.

     Con ciertas preguntas, y ocupando un lugar particular (y sino pedagógico) Esther no solo va haciendo que Jon se desligue del lugar imaginario del porno, sino que también le permite irse desligando poco a poco de su vida tapa-agujeros. Donde solo vivía para completar las demandas del Otro. Y aunque con cierto grado de repetición y aun gozando de varios beneficios del neurótico, su final se aproxima cuando finalmente puede renunciar a Bárbara como aquel ideal de mujer al que una vez sucumbió (Esta escena es particularmente exquisita, Bárbara y Jon se encuentran en un café para conversar, Bárbara espera que Jon le diga que desea volver con ella, para así y con su típica sintonía histérica negarse y seguir siendo deseada, su sorpresa es que Jon simplemente iba con la intención poco simple de admitir sus fallas, aceptarlas y tomar su retirada ya que su deseo re-surge y comienza a estar con Esther), mostrando así, que su apuesta, su deseo, va por conectarse con aquella persona que le hace sentir algo que está más allá de la pornografía y la demanda, y más cercano desde su deseo, el cual, nunca llego a decir del todo, pero que todos nosotros hemos leído, sin ninguna retorica en este caso, se lee con precisión en la escena en que Jon va al Gym a hacer su rutina de ejercicios y esta vez decide comenzar a compartir y competir con el otro masculino desde un lugar no sexualizado, un lugar más sano, comienza a jugar basketball, asimismo ocurre cuando Jon está en casa de Esther, se desnudan y se siente la conexión en escena entre ellos 2, por ultimo esta otra escena particular donde Jon contempla a Esther sin maquillaje y eso ya habla bastante de moverse de ese lugar del imaginario y lo estetico. Y aquí es justamente cuando vemos que el dating es más caro que el porno, que el porno da muchas cosas inútiles, y el dating da poco, pero eso poco que da, cuanto que es.


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Manuel Alessandro Magnante
"Don Jon: Porn is cheaper than dating"
[Ensayo presentado en el 1er ciclo de Cine de Orientación Psicoanalitica / Cineanalisis
Grupo Psicoanalitico Carabobo
Octubre 2014

Video e imagenes:
DON JON [2014]

Thursday, April 30, 2015

El Drama de las Chicas Modernas / Gerardo Arenas

Hace siete años, Emmanuel Horvilleur daba a luz una canción muy pegadiza, llamada Radios, que en una de sus estrofas dice:

¿Y dónde están esas chicas modernas que escuchan sólo música que está por venir? Nos encanta lo mal que se portan y lo bien que saben mentir.

     Aunque muchos puedan considerarla como una chuchería –tanto desde el punto de vista musical como desde la perspectiva poética–, no es nuestra intención emitir aquí un juicio estético al respecto. En cambio, nos proponemos leerla como una aserción acerca de nuestra cultura, y así veremos que ella encierra las claves de un verdadero drama. En otras palabras, creemos que vale la pena tomar en serio tanto la pregunta como la afirmación que estos cuatro versos contienen.





Las Chicas No Nacen Modernas

     ¿Dónde están esas chicas modernas? Ésta es, en verdad, una buena pregunta. De hecho, para que sea posible plantear semejante pregunta, es obvio que esas chicas no deben de estar a la vista –quizá porque, del universo de chicas que pululan por el mundo, el conjunto de las modernas es tan pequeño que pasa desapercibido, o quizá porque ellas no andan por allí como las demás. En cualquiera de los dos casos, la conclusión es que esas chicas constituyen una reducida minoría. Pero que las hay, las hay. ¿Cómo reconocerlas, entonces? La canción nos da algunas pistas: ellas deben escuchar sólo música contemporánea (y tan nueva, pero tan nueva, que aún no existe), portarse mal, y saber mentir bien; en otras palabras, deben correr tras la novedad estética y alejarse de los cánones morales tradicionales. Por sí solo, esto ya nos indica que ser una chica moderna requiere una buena dosis de trabajo. Las chicas no nacen modernas por el mero hecho de haber nacido en esta época: para llegar a ser verdaderamente modernas, deben poner algo de su parte. Ser una chica moderna revela así ser una aspiración o un ideal que sólo algunas abrazan y que no todas alcanzan. Tal vez por esta razón no constituyan más que una reducida minoría.

     Poco antes de que Horvilleur estrenara su canción, César Aira mostró esta constelación de cosas en una de sus novelas (o “novelitas”, tal como él las denomina). Yo era una chica moderna cuenta la historia de dos íntimas amigas que se jactan, precisamente, de ser modernas. No les resulta fácil. Deben salir y meterse en mil aventuras para mantenerse a tono, por supuesto, y también porque están muy aburridas. Pero la protagonista narradora necesita, sobre todo, encontrar el amor: un amor que sea verdadero como el que su amiga ya encontró, y no un amor descartable como el que Virus cantaba. (Recordemos que esa canción de Virus, Amor descartable, acunó a quienes hoy son chicas modernas o aspiran a serlo.)


     Estas breves pinceladas nos permitirán apreciar en qué consiste el drama fundamental de las chicas modernas. Y para eso convendrá tomar nota de algunos caracteres del mundo en que ellas viven… y nosotros también.


Obsolescencia Inmediata Generalizada

     Volvamos a la canción de Horvilleur, y detengámonos en la hipérbole que comete al decir que las chicas modernas “escuchan sólo música que está por venir”. Sería imposible ilustrar mejor en qué consiste el imperativo fundamental contemporáneo: ¡Goza de lo nuevo! Llevado al extremo, ese imperativo obliga a no gozar más que de aquello que recién ha salido del horno; con sólo exagerar un poco, llevaría a gozar exclusivamente de aquello “que está por venir”. Y esto es lo que afirma la canción –que, desde esta perspectiva, realiza un diagnóstico al mismo tiempo irónico y exacto.

     ¿De dónde proviene ese imperativo, sino de esa suerte de discurso que hoy predomina en el mundo, y al que solemos llamar capitalista? En su fase actual, el capitalismo empuja a que un auto pierda gran parte de su valor con sólo recorrer un kilómetro, a que el último modelo de celular torne vetusto al anterior, y a que el vestidito top de esta primavera sea una antigualla de mal gusto en el otoño siguiente. Al igual que el periódico del día de ayer, todos los objetos se vuelven obsoletos de inmediato.

     Ochenta años atrás, alguien sugirió que el remedio para la depresión económica mundial era fabricar productos que, en vez de ser tan perfectos que duraran mucho, tuvieran defectos que los hicieran durar poco. Sin embargo, esa obsolescencia programada se ha tornado, a su vez, obsoleta. Hoy en día ha sido eficazmente sustituida por el empuje cultural a gozar de lo nuevo. La gente ya no compra zapatos nuevos porque los que tiene estén gastados, así como no cambia de computadora porque la que posee haya dejado de funcionar. Lo hace porque se le impone lo nuevo, siempre lo último, y, de ser posible, lo que aún está por venir.

     El empuje a gozar de lo nuevo no significa diversión garantizada. Por el contrario, demanda mucho esfuerzo (medible en tiempo, trabajo, y dinero) y, con frecuencia, es la causa de una peculiarísima forma del aburrimiento –el mismo aburrimiento que aqueja a las chicas modernas que protagonizan la novelita de Aira. Lacan dio en el clavo al enlazar el aburrimiento con el deseo de otra cosa. Pero dejarse llevar por el impulso de gozar solamente de lo nuevo no es más que una pantomima del deseo, y puede llegar a matarlo… de aburrimiento, ¡y por cansancio! La frase ¡Ya me aburrió! es rápidamente aplicable a cualquier objeto, y esto incluye a los eventuales partenaires con los cuales las chicas modernas puedan establecer algún tipo de vínculo erótico. El amor descartable y la relación sin compromiso son, de hecho, efectos colaterales del capitalismo –que así modela, en gran medida, el modo en que nos enlazamos con los demás.

     En este sentido, no ha de considerarse como un mero detalle el hecho de que la narradora de Yo era una chica moderna trabaje en una de las tantas empresas que fueron privatizadas durante los años noventa, es decir, durante la época en que se pergeñó esa funesta precarización de los contratos de trabajo que, eufemísticamente, fue llamada “flexibilización laboral”. (Por otro lado, notemos que, gracias a esa precarización, resultó más fácil descartar también a los trabajadores.)

Mundo Macho

     Parece estar de moda decir –y se lo repite con insistencia– que nuestra época está caracterizada por una feminización del mundo. En apoyo de esta descripción se invocan argumentos de lo más variados, que, más allá de su mayor o menor pertinencia, no siempre son compatibles entre sí. No obstante, lo que acabamos de discutir permite abonar, más bien, la hipótesis contraria, es decir, la de una verdadera masculinización del mundo en que vivimos.

     De hecho, la adjudicación de un valor de “fetiche” a ciertos objetos del deseo siempre ha caracterizado a la posición sexuada masculina. Los targets de esa fetichización pueden ser tanto los automóviles y los celulares como los culos y las tetas, para decirlo sin tapujos, y es además consabido el carácter sustituible de esos objetos, por lo cual el deseo masculino puede convivir sin problemas con la labilidad del lazo establecido con dichos objetos y ser relativamente independiente del amor.

     Ahora bien, dado que el accionar conjugado de la ciencia y de la tecnología hoy se suma al empuje del mercado para dar lugar a una inédita proliferación de objetos fetiche (descartables por su obsolescencia instantánea), cabe decir que, en este sentido, nuestro mundo se ha masculinizado en extremo. Para los hombres, esto no trae aparejado ningún inconveniente; al menos, no puede alegarse que constituya una novedad. Debido a eso, ellos pueden decir, en referencia a las chicas modernas:

nos encanta lo mal que se portan y lo bien que saben mentir…

     Por lo tanto, en este aspecto los hombres pueden sentirse representados por el protagonista de El lado oscuro del corazón, que, accionando un botón, hacía desaparecer de su cama a cada mujer que no poseyera el atributo fetiche que para él constituía una condición sine qua non. (Dicho sea de paso, esa película de Subiela es otro hecho artístico aparecido en la década neoliberal argentina, e ilustra a la perfección cuán complicada es la búsqueda de un amor que no sea descartable.)

     Pero ¿qué pasa con esas chicas que se portan tan mal y que mienten tan bien? ¿Hay acaso alguna consonancia entre ese modo moderno de ser y sus aspiraciones propiamente femeninas?

     Sin duda, las mujeres no son inmunes al encanto de los objetos fetiche, y esto incluye, por supuesto, a las chicas modernas. Pero cuando del amor se trata, lo esencial, para la gran mayoría de ellas, no pasa por allí. El estilo femenino de establecer lazos amorosos con el partenaire no encuentra fácil cabida, pues, en este mundo macho.

     De hecho, tanto para las mujeres como para los hombres, el amor mismo, en la medida en que se lo pretenda no descartable, se lleva mal con el imperativo contemporáneo, a tal punto que puede llegar a convertirse en un síntoma, ya que va a contrapelo del desapego requerido para poder gozar siempre de lo nuevo. Así lo describe la canción de Virus cuando dice:

Vos sos mi obsesión, [y]quiero estar libre para un nuevo amor.


El Drama de las Chicas Modernas

     De este modo, tenemos a mano las principales claves del drama propio de toda chica moderna.

     Para gustar a los hombres y responder al imperativo actual, las chicas modernas deben tomarse el trabajo de correr detrás de lo nuevo, dar muestras de un profundo desapego libidinal, y sintonizar con el modo descartable del amor contemporáneo. En esto, pues, su vida erótica se masculiniza. Pero, a menos que ellas acepten renunciar a su modo femenino de gozar, de desear y de amar, el conflicto se torna inevitable. Por disparatada que sea la novelita de Aira, cualquier lector atento percibirá que ese conflicto constituye su verdadero meollo.

     El siglo XX fue testigo de una gran liberalización de las costumbres y de una significativa merma en la represión social de la sexualidad. Pero estos dos factores no han erradicado lo que Freud denominó el malestar en la cultura. Así lo resumen, muy certeramente, otros dos versos de la citada canción de Virus:

Es el mundo tan poco sensual  que no puedo aliviarme.

Hoy en día, ese malestar simplemente ha cambiado de forma. Y el drama de las chicas modernas lo ilustra a la perfección.

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Gerardo Arenas
[Psicoanalista]
Titulo: "El Drama de las Chicas Modernas"
Tomado de: Virtualia.eol.org.ar (Revista Digital de la Escuela de Orientación Lacaniana)

Video:
Emmanuel Horvilleur (1975 - Presente)
[Cantante Argentino]
"Radio"